El pintor Diego Gadir ha dicho de mí.

Un día por entonces, descubrí, para mi asombro y dicha, que Humberto Ybarra, además de capacidad empática y sensibilidad, tenía ojo de artista. 

Como fotógrafo, Humberto es un alma deshuesada. Un alma tan etérea que, en ocasiones, nos hace pensar que esas fotos suyas nacen como las flores… Que ni tan siquiera acude en persona, esas mañanas brumosas, a las estribaciones de la Bahía de Cádiz a mirar a través del cristalino de su cámara. Se nos antoja que esas fotografías han surgido por un sortilegio quántico que obedece solo al control remoto de su deseo. A ver, quiero decir que Humberto “desaparece” detrás de sus fotos por pura humildad, por una decidida disipación en el estar, en el figurar, en el firmar. Que no busca un protagonismo creador… Que no lo necesita.  

Ybarra es ascetismo estético. Silenciosa mirada, sobre todo. En la estela de un cineasta neorrealista cuando retrata el despoblado paisaje y busca el fomento de una compasión ante la implacable tiranía del tiempo. No en vano, una de las cosas que más le jode es eso de tener que morirse. 

Su virtud frente al escenario a fotografiar es la paciencia: que se acomode la bruma; la nube justa; el ave rara, irrepetible… Así surgieron los cielos de Dreyer. Y una capacidad enorme para comprender los ritmos de la naturaleza. Esa ciencia que aventa los campos de Hopper o esmerila los vidrios de Zóbel. Y todo esto batido con una fe en la sagrada esencia del paisaje. La suya es la fotografía de un creyente que recibe una revelación silenciosa, la de la belleza de las cosas creadas. Dios suele revelarse susurrante más en el milagro del arte que en el mecano del pensamiento.  Cuando Wittgenstein cita a Dios en Skjolden, el silencio es desesperante… 

En el trabajo de Humberto siempre aparece un algo sublime por invocación suya. Una humedad de aluminio… Una alusión luminosa. Pero siempre hay una trascendencia en el paisaje. Mirar, mira su ojo… pero disparar, no dispara su ego. Como digo, parece que no dispara nadie. O, al menos, que dispara alguien que no se impone sino con su sensibilidad observadora -más que imaginativa-, en la órbita de un Néstor Almendros. 

No hay mucho desbarre emocional en la fotografía de Humberto, si bien sabe degradar y acuciar allí donde su obra tiene la necesidad. Él es un hombre calculador y sensato. No le veo abriendo la espita de la expresividad forzada. No le intuyo en deriva libre al tremendismo. Se revela el amor como base de su mirada a los lugares y a los seres queridos que retrata. Pero se trata de una declaración discreta, el más sincero de los modos. Rebosa equilibrio y positividad… Salud espiritual.

No es hiperrealista la fotografía de Humberto. Hay mucha atmośfera presencial que la luz espolvorea, y hasta esfumato, ese desdibujamiento de las formas bajo el aliento de la naturaleza, que es un reflejo del de su mirada. Cuando ejerce de conversador, de mero amigo, su mirada vahea un sereno factor que le sirve bien cuando fotografía. Me recuerda a Diego Velázquez, tal como lo describen algunos historiadores, flemático hasta la exasperación y sabiendo ironizar con finura.